miércoles, 8 de junio de 2011

01. "LA CAÍDA DE LUCIFER"


EN EL CIELO, antes de su rebelión, Lucifer era un ángel honrado y excelso, cuyo honor seguía al del amado Hijo de Dios.  Su semblante, así como el de los demás ángeles, era apacible y denotaba felicidad.  Su frente alta y espaciosa indicaba su poderosa inteligencia.  Su forma era perfecta; su porte Noble y majestuoso.  Una luz especial resplandecía sobre su rostro y brillaba a su alrededor con más fulgor y hermosura que en los demás ángeles.  Sin embargo, Cristo, el amado Hijo de Dios, tenía la preeminencia sobre todas las huestes angélicas.  Era uno con el Padre antes que los ángeles fueran creados.  Lucifer tuvo envidia de él y gradualmente asumió la autoridad que le correspondía sólo a Cristo.
El gran Creador convocó a las huestes celestiales para conferir honra especial a su Hijo en presencia de todos los ángeles.  Este estaba sentado en el trono con el Padre, con la multitud celestial de santos ángeles reunida a su alrededor.  Entonces el Padre hizo saber que había ordenado que Cristo, su Hijo, fuera igual a él; de modo que doquiera estuviese su Hijo, estaría él mismo también.  La palabra del Hijo debería obedecerse tan prontamente como la del Padre.  Este había sido investido de la autoridad de comandar las huestes angélicas.  Debía obrar especialmente en unión con él en el proyecto de creación de la tierra y de todo ser viviente que habría de existir en ella.  Ejecutaría su voluntad. 14 No haría nada por sí mismo.  La voluntad del Padre se cumpliría en él.

Lucifer estaba envidioso y tenía celos de Jesucristo.  No obstante, cuando todos los ángeles se inclinaron ante él para reconocer su supremacía, gran autoridad y derecho de gobernar, se inclinó con ellos, pero su corazón estaba lleno de envidia y odio.  Cristo formaba parte del consejo especial de Dios para considerar sus planes, mientras Lucifer los desconocía.  No comprendía, ni se le permitía conocer los propósitos de Dios.  En cambio Cristo era reconocido como Soberano del Cielo, con poder y autoridad iguales a los de Dios.  Lucifer creyó que él era favorito en el cielo entre los ángeles.  Había sido sumamente exaltado, pero eso no despertó en él ni gratitud ni alabanzas a su Creador.  Aspiraba llegar a la altura de Dios mismo.  Se glorificaba en su propia exaltación.  Sabía que los ángeles lo honraban.  Tenía una misión especial que cumplir.  Había estado cerca del gran Creador y los persistentes rayos de la gloriosa luz que rodeaban al Dios eterno habían resplandecido especialmente sobre él.  Pensó en cómo los ángeles habían obedecido sus órdenes con placentera celeridad. ¿No eran sus vestiduras brillantes y hermosas? ¿Por qué había que honrar a Cristo más que a él?

Salió de la presencia del Padre descontento y lleno de envidia contra Jesucristo.  Congregó a las huestes angélicas, disimulando sus verdaderos propósitos, y les presentó su tema, que era él mismo.  Como quien ha sido agraviado, se refirió a la preferencia que Dios había manifestado hacia Jesús postergándolo a él.  Les dijo que de allí en adelante toda la dulce libertad de que habían disfrutado los ángeles llegaría a su fin. ¿Acaso no se les había 15 puesto un gobernador, a quien de allí en adelante debían tributar honor servil?  Les declaró que él los había congregado para asegurarles que no soportaría más esa invasión de sus derechos y los de ellos: que nunca más se inclinaría ante Cristo; que tomaría para sí la honra que debiera habérsele conferido, y sería el caudillo de todos los que estuvieran dispuestos a seguirlo y a obedecer su voz.

Hubo discusión entre los ángeles.  Lucifer y sus seguidores luchaban para reformar el gobierno de Dios.  Estaban descontentos y se sentían infelices porque no podían indagar en su inescrutable sabiduría ni averiguar sus propósitos al exaltar a su Hijo y dotarlo de poder y mando ilimitados.  Se rebelaron contra la autoridad del Hijo.

Los ángeles leales trataron de reconciliar con la voluntad de su Creador a ese poderoso ángel rebelde.  Justificaron el acto de Dios al honrar a Cristo, y con poderosos argumentos trataron de convencer a Lucifer de que no tenía entonces menos honra que la que había tenido antes que el Padre proclamara el honor que había conferido a su Hijo.  Le mostraron claramente que Cristo era el hijo de Dios, que existía con él antes que los ángeles fueran creados, y que siempre había estado a la diestra del Padre, sin que su tierna y amorosa autoridad hubiese sido puesta en tela de juicio hasta ese momento; y que no había dado orden alguna que no fuera ejecutada con gozo por la hueste angélica.  Argumentaron que el hecho de que Cristo recibiera honores especiales de parte del Padre en presencia de los ángeles no disminuía la honra que Lucifer había recibido hasta entonces.  Los ángeles lloraron.  Ansiosamente intentaron convencerlo de que renunciara a su propósito malvado para someterse a su Creador, pues todo había sido hasta entonces paz y armonía, y 16 ¿qué era lo que podía incitar esa voz rebelde y disidente?

Lucifer no quiso escucharlos.  Se apartó entonces de los ángeles leales acusándolos de servilismo.  Estos se asombraron al ver que Lucifer tenía éxito en sus esfuerzos por incitar a la rebelión.  Les prometió un nuevo gobierno, mejor que el que tenían entonces, en el que todo sería libertad.  Muchísimos expresaron su propósito de aceptarlo como su dirigente y comandante en jefe.  Cuando vio que sus propuestas tenían éxito, se vanaglorió de que podría llegar a tener a todos los ángeles de su lado, que sería igual a Dios mismo, y su voz llena de autoridad sería escuchada al dar órdenes a toda la hueste celestial.  Los ángeles leales le advirtieron nuevamente y le aseguraron cuáles serían las consecuencias si persistía, pues el que había creado a los ángeles tenía poder para despojarlos de toda autoridad y, de una manera señalada, castigar su audacia y su terrible rebelión. ¡Pensar que un ángel se opuso a la ley de Dios que es tan sagrada como él mismo!  Exhortaron a los rebeldes a que cerraran sus oídos a los razonamientos engañosos de Lucifer, y le aconsejaron a él y a cuantos habían caído bajo su influencia que volvieran a Dios y confesaran el error de haber permitido siquiera el pensamiento de objetar su autoridad.

Muchos de los simpatizantes de Lucifer se mostraron dispuestos a escuchar el consejo de los ángeles leales y arrepentirse de su descontento para recobrar la confianza del Padre y su amado Hijo.  El poderoso rebelde declaró entonces que conocía la ley de Dios, y que si se sometía a la obediencia servil se lo despojaría de su honra y nunca más se le confiaría su excelsa misión.  Les dijo que tanto él como ellos habían ido demasiado lejos como para 17 volver atrás, y que estaba dispuesto a afrontar las consecuencias, pues jamás se postraría para adorar servilmente al Hijo de Dios; que el Señor no los perdonaría, y que tenían que reafirmar su libertad y conquistar por la fuerza el puesto y la autoridad que no se les había concedido voluntariamente.*

Los ángeles leales se apresuraron, a llegar hasta el Hijo de Dios y le comunicaron lo que ocurría entre los ángeles.  Encontraron al Padre en consulta con su amado Hijo para determinar los medios por los cuales, por el bien de los ángeles leales, pondrían fin para siempre a la autoridad que había asumido Satanás.  El gran Dios podría haber expulsado inmediatamente del cielo a este archiengañador, pero ese no era su propósito.  Daría a los rebeldes una justa oportunidad para que midieran su fuerza con su propio Hijo y sus ángeles leales.  En esa batalla cada ángel elegiría su propio bando y lo pondría de manifiesto ante todos.  No hubiera sido conveniente permitir que permaneciera en el cielo ninguno de los que se habían unido con Satanás en su rebelión.  Habían aprendido la lección de la genuina rebelión contra la inmutable ley de Dios, y eso es irremediable.  Si Dios hubiera ejercido su poder para castigar a este jefe rebelde, los ángeles subversivos no se habrían puesto en evidencia; por eso Dios siguió otro camino, pues quería manifestar definidamente a toda la hueste celestial su justicia y su juicio.

Guerra en el cielo
Rebelarse contra el gobierno de Dios era un crimen enorme.  Todo el cielo parecía estar en conmoción.  Los ángeles se ordenaron en compañías; 18 cada división tenía un ángel comandante al frente.  Satanás estaba combatiendo contra la ley de Dios por su ambición de exaltarse a sí mismo y no someterse a la autoridad del Hijo de Dios, el gran comandante celestial.

Se convocó a toda la hueste angélica para que compareciera ante el Padre, a fin de que cada caso quedase decidido.  Satanás manifestó con osadía su descontento porque Cristo había sido preferido antes que él.  Se puso de pie orgullosamente y sostuvo que debía ser igual a Dios y participar en los concilios con el Padre y comprender sus propósitos.  El Señor informó a Satanás que sólo revelaría sus secretos designios a su Hijo, y que requería que toda la familia celestial, incluido Satanás, le rindiera una obediencia absoluta e incuestionable; pero que él (Satanás) había demostrado que no merecía ocupar un lugar en el cielo.  Entonces el enemigo señaló con regocijo a sus simpatizantes, que eran cerca de la mitad de los ángeles y exclamó: "¡Ellos están conmigo! ¿Los expulsarás también y dejarás semejante vacío en el cielo?" Declaró entonces que estaba preparado para hacer frente a la autoridad de Cristo y defender su lugar en el cielo por la fuerza de su poder, fuerza contra fuerza.

Los ángeles buenos lloraron al escuchar las palabras de Satanás y sus alborozadas jactancias.  Dios afirmó que los rebeldes no podían permanecer más tiempo en el cielo.  Ocupaban esa posición elevada y feliz con la condición de obedecer la ley que Dios había dado para gobernar a los seres de inteligencia superior.  Pero no se había hecho ninguna provisión para salvar a los que se atrevieran a tansgredirla.  Satanás se envalentonó en su rebelión y expresó su desprecio por la ley del Creador.  No la podía soportar.  Afirmó que los ángeles no necesitaban ley y 19 que debían ser libres para seguir su propia voluntad, que siempre los guiaría con rectitud; que la ley era una restricción de su libertad; y que su abolición era uno de los grandes objetivos de su subversión.  La condición de los ángeles, según él, debía mejorar.  Pero Dios, que había promulgado las leyes y las había hecho iguales a sí mismo, no pensaba así.  La felicidad de la hueste angélica dependía de su perfecta obediencia a la ley.  Cada cual tenía una tarea especial que cumplir, y hasta el momento cuando Satanás se rebeló, había existido perfecto orden y armonía en las alturas.

Entonces hubo guerra en el cielo.  El Hijo de Dios, el Príncipe celestial y sus ángeles leales entraron en conflicto con el archirrebelde y los que se le unieron.  El Hijo de Dios y los ángeles fieles prevalecieron, y Satanás y sus seguidores fueron expulsados del cielo.  Toda la hueste celestial reconoció y adoró al Dios de justicia.  Ni un vestigio de rebeldía quedó en el cielo.  Todo volvió a ser pacífico y armonioso como antes.  Los ángeles lamentaron la suerte de los que habían sido sus compañeros de felicidad y bienaventuranza.  El cielo sintió su pérdida.

El Padre consultó con el Hijo con respecto a la ejecución inmediata de su propósito de crear al hombre para que habitara la tierra.  Lo sometería a prueba para verificar su lealtad antes que se lo pudiera considerar eternamente fuera de peligro.  Si soportaba la prueba a la cual Dios creía conveniente someterlo, con el tiempo llegaría a ser igual a los ángeles.  Tendría el favor de Dios, podía conversar con ellos y éstos con él.  Dios no creyó conveniente ponerlos fuera del alcance de la desobediencia. 20
(La Historia de la Redención de E.G.de White)

viernes, 3 de junio de 2011

33. “LA ESPADA DE CRISTO”



Y de su boca salía una espada de dos filos... (Apocalipsis 1:16).

La vida es lucha, batalla, combate. Su lid nos presenta adversarios muy reales y formidables. Necesitamos para ella una espada más poderosa que la que usó Alejandro en sus conquistas; más efectiva que el “excalibur” del rey Arturo de Inglaterra, o la legendaria espada de El Zorro, que muchos pretendimos poseer cuando niños, cuando con palo fino en mano y un poco de imaginación quijotesca vencíamos con caballeresco honor a todo contrincante imaginable.
Hay una espada que sí puede salir airosa del más terrible 
conflicto. ¿Cuál es esa espada? Es la espada de Cristo. 
¿La espada de Cristo? Sí.
El último libro de la Biblia, en lenguaje simbólico presenta la persona de Cristo de esta forma, dice: “tenía en su diestra siete estrellas, y de su boca salía una espada de dos filos. Y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza...” (Apocalipsis 1:16).
La espada de Cristo está en su boca, no en su mano. La espada en mano de un poderoso sirve como apropiado símbolo de las conquistas humanas. Jesús en el jardín del Getsemaní reprendió a Pedro por valerse de una espada tal para defenderse. Esa espada depende a su vez de la habilidad, destreza y el poder del brazo que la esgrime. No así con la espada de Cristo.
Pero, ¿cuál es esta espada? Jesús se refirió a este poder cuando declaró: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (S. Juan 6:63). Y la Epístola a los Hebreos declara: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos; que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. La espada de Cristo es su palabra y esta palabra se encuentra a nuestro alcance; es la palabra de Dios, su Santa Biblia. El salmista declara: “Por la palabra de Dios fueron hechos los cielos. . . por el espíritu de su boca. . . porque él dijo, y fue hecho; el mandó, y existió” (Salmos 33:6, 9). Y el apóstol Santiago nos exhorta con estas palabras: “Él, de su voluntad nos ha engendrado por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). 
El mismo Jesús oró al Padre por ti y por mí: “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad” (S. Juan 17:17).
Esa palabra que trajo orden al universo entero, es la misma que puede traer propósito y orden al caos y al vacío de nuestro universo interior. ¿No te parece?

La voz.org

miércoles, 1 de junio de 2011

32. ¿QUIÉN ES JESÚS?



¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?. . . Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (S. Mateo 16:13, 15).

Todos parecen tener su propia opinión del Rabí de Nazaret. Dice Tyler Roberts, teólogo, conferenciante y director del Departamento de Religión de la Universidad de Harvard: “Le pregunté a mi clase: ´¿Quién es Jesús?´ La mayoría declaró que lo consideraban un personaje religioso. Algunos dijeron que era un filósofo, y lo compararon con Sócrates. También dijeron que Jesús había sido un dirigente político; uno de los alumnos lo comparó con Mao y Stalin” (“Who was Jesus?” [¿Quién fue Jesús?] Life, diciembre de 1994, pág. 76).

Dice la introducción del artículo citado: “Para algunos, Jesús es el Hijo de Dios. . . el Ungido. Para otros, es simplemente un hombre que inspiró, a través de sus enseñanzas y su vida ejemplar, varias creencias ahora incorporadas al cristianismo. Y para otros, todavía es un mito, un invento novelístico de San Pablo y de los autores de los evangelios, que requerían un ancla carismática para sus nacientes iglesias” (Id., pág. 67). Uno de los entrevistados, Seyed Hossein Nasr, que es mahometano, dijo: “El Islam no acepta que [Cristo] haya sido crucificado y haya muerto, para luego resucitar. El Islam cree que fue llevado al cielo, sin morir, sin sufrir el dolor de la muerte” (Id., pág. 80). Otro autor, James F. Hind, define a Jesús desde un punto poco común: “En sólo tres años, [Cristo] definió una misión y formó estrategias para llevarla a cabo. Con un equipo de doce hombres poco apropiados, organizó el cristianismo, que hoy tiene sucursales en todos los países del mundo y abarca un 32,4 % de la población mundial, el doble de su rival más cercano. Los dirigentes modernos desean que los individuos se desarrollen hasta que alcancen su máximo potencial, tomando gente ordinaria y transformándola en extraordinaria. Esto es lo que Cristo hizo con sus discípulos. Jesús fue el ejecutivo más eficaz de la historia. No hay nada que se iguale a los resultados que logró” (Id., pág. 79).

Por su parte, Susan Haskings, autora de la obra María Magdalena: Mito y Metáfora, afirma refiriéndose a Jesús: “Era un feminista. Curaba a las mujeres enfermas, permitiéndoles convertirse en gente que relataba sus verdades. Perdonó a una prostituta arrepentida, y le permitió que lo tocase. Muchas mujeres donaban su dinero para ayudarle. María Magdalena fue la primera en testificar de la resurrección, ¿y qué hay más importante que eso en el cristianismo? Ella fue apóstol a los apóstoles, al cumplir el pedido de Cristo para anunciarles que él había resucitado. Hoy debiera existir un papel de enseñanza y predicación para las mujeres pero demasiado a menudo se les niega tal papel” (Id.).
Es fácil proyectar sobre la figura de Cristo nuestras propias preferencias. Pero si nuestros conceptos acerca de Cristo no guardan relación con la realidad, corremos grave riesgo de transformarlo en un ídolo más en un mundo ya repleto de ellos. Por eso, te invito a meditar en la pregunta que el mismo Jesús les hizo cierto día a sus discípulos. 
Se dirigían a la región de Cesarea de Filipo, y el Salvador les preguntó: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas”. Entonces, Jesús les hizo una pregunta mucho más directa, más personal: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (S. Mateo 16:13-15).

Amigo lector, nuestra respuesta tiene importancia eterna. Si Jesús es lo que dijo ser, no es otra cosa que nuestro único Salvador. En sus manos trae el don de la vida eterna para los que crean en él y le obedezcan. Por otra parte, si no fue más que un filósofo, uno de muchos maestros religiosos, un revolucionario político o un gran organizador, entonces fue el peor ser humano que haya existido. Decimos esto, porque si dijo ser el Salvador del mundo, el Hijo de Dios, y no lo fue, entonces millones de seres humanos han vivido engañados, cifrando en él sus esperanzas de recibir perdón, salvación y vida eterna. Si el Carpintero de Nazaret no era lo que decía ser, entonces fue el mayor fraude, el engañador más cruel de la historia. Ni siquiera el haber muerto en la cruz lo exime de este juicio severo.
Cuando Jesús hizo la pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, Simón Pedro le dijo, con íntima convicción: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente” (S. Mateo 16:16). El Salvador, al oír esas palabras tan categóricas de su discípulo, le dijo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (versículo 17).
 
Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente (S. Mateo 16:16).

 
Si Cristo no fuera lo que él mismo dijo que era, si los discípulos hubieran inventado todos sus milagros, sus profecías y sus enseñanzas; si todos los sucesos maravillosos conectados con su nacimiento, su bautismo, su ministerio, su pasión, su muerte, su resurrección y su ascensión fueran sólo fábulas piadosas; y si la Sagrada Escritura fuera una colección de cuentos sin base, entonces podríamos tener alguna justificación para dudar. Pero la vida de Cristo transformó la historia de la humanidad como ninguna otra, y cumplió a la perfección y en detalle todas las profecías que anunciaban la venida del Mesías y su ministerio; y el poder de su ejemplo personal y la sabiduría de sus enseñanzas siguen hoy transformando, sanando y restaurando vidas y relaciones. Y la única esperanza verdadera que se abre en el futuro de la humanidad, brota de las promesas sublimes que el Salvador nos dejó consignadas en los escritos de sus seguidores: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” dice Jesús en San Mateo, capítulo 28, versículo 20. Y en San Juan capítulo 14 y versículos 1-3, el Salvador nos exhorta categóricamente a que, así como creemos en Dios, creamos también en él. Y luego nos asegura: “Voy, pues a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”.

Al examinar los hechos, no nos queda otro camino que hacer nuestras las definiciones de Jesús que nos ofrecen él mismo y los testigos presenciales, los que expresaron su fe y convicción en sus encuentros con Jesús. Con los ángeles del cielo, proclamemos: “Ha nacido hoy. . . un Salvador, que es Cristo el Señor”. Con Simeón, el piadoso anciano que esperaba la llegada del Mesías, digamos de Jesús: “Han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos”. Con San Pedro confesemos que Jesús es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Escuchemos al Salvador afirmar: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien porque lo soy” (S. Juan 13:13). Y el ciego al cual Cristo le dijo que fuera a lavarse al estanque de Siloé, cuando obedeció, recobró la vista. Más tarde, se encontró con Jesús, y el Salvador le preguntó: “¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró” (S. Juan 9:35-38). Del mismo modo, nuestro encuentro con Jesús no puede ser un mero ejercicio académico, como sucede al estudiar la vida de Sócrates, de Confucio o de Mozart. El encuentro con Cristo demanda de nosotros una respuesta individual que afectará profundamente nuestra vida futura. Amigo lector, encuéntrate hoy con Jesús. Ábrele tu mente y tu corazón. Como lo hiciera el ciego que recibió la vista, póstrate a sus pies para adorarle, y con Tomás, el incrédulo convertido, dile: “¡Señor mío, y Dios mío!”

Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea (Mateo 21:11).


La fisonomía de Jesús, dulcísima y severísima, resplandecer de blancura y de fuerza, se impone aun a aquellos pensadores que le niegan o disputan la fe en su divinidad, y haciéndolos reconocer el lugar que ocupa la impareable personalidad de Cristo entre todas las otras personalidades de la historia y su obra entre todas las obras de los hombres, desconcierta su incredulidad, la hace contradecirse consigo misma y le arrebata por instantes confesiones inauditas.
KANT reconoce su “ideal perfección”.
HEGEL ve en él “la unión de lo humano con lo divino”.
ESPINOSA le llama “el símbolo supremo de la sabiduría celestial”.
VOLTAIRE mismo se sentía pasmado “por su hermosura y grandeza”.
STUART MILL hablaba de Cristo como de “un hombre encargado por Dios de una misión especial, expresa y única, para conducir a los hombres hacia la verdad y la virtud”.
GOETHE, dolorosamente ciego ante el fulgor cristiano, proclamaba no obstante “perfectamente auténticos los cuatro Evangelios, porque en ellos se siente el reflejo de la sublimidad que irradia de la persona de Cristo: sublimidad tan sobrehumana, que sólo puede aparecer en un Dios que venga a la tierra” (Eckerman, Coloquios con Goethe, 11 de marzo 1832).
SAINTE-BEUVE, crítico perspicaz e impenitente escéptico, decía que en los más grandes modernos anticristianos, Federico II, Goethe, “en cualquiera que haya desconocido completamente a Jesucristo, si se mira bien, se advierte que algo le falta en el entendimiento o en el corazón” (Port-Royal, Tomo III).
ROUSSEAU llegó a exclamar a pulmón pleno que “si la vida y la muerte de Sócrates son de un sabio, la vida y la muerte de Jesús son de un Dios” (Emile, libro cuarto).
STRAUSS, el frío y parsimonioso alemán que dirigió toda su obra contra la divinidad de Jesús, reconoce que “es el más alto objeto que la religión pueda proponer, el ser sin cuya presencia es imposible para el alma la perfecta piedad”; y, aun más, proclamaba: “Jamás, en ningún tiempo, será posible a nadie elevarse sobre Cristo, ni se concibe siquiera que haya quien pueda igualarlo” (Du passager et du permanente dans le christianisme).
RENAN, por fin, que prohijó en mucho a Strauss ornándolo con gracia del estilo, prorrumpe en la misma confesión tácita, pero evidente, de la divinidad de Jesús: “Jamás será sobrepujado Jesucristo”, declara que “el Cristo del Evangelio es la más bella encarnación de Dios”, y concluye exclamando: “Mil veces más vivo, mil veces más amado después de tu muerte que durante los días de tu paso en la tierra, a tal punto vendrás a ser la piedra angular de la humanidad, que arrancar tu nombre de este mundo sería conmoverlo hacia sus fundamentos” (Vie de Jésus).  Alfonso Junco
 

Yo Soy el pan de vida (Juan 6:48).

 
Para el arquitecto, es la principal Piedra de esquina.
Para el panadero, es el Pan vivo.
Para el banquero, es el Tesoro escondido.
Para el albañil, es el seguro Fundamento.
Para el médico, es el gran Médico.
Para el educador, es el gran Maestro.
Para el agricultor, es el Sembrador y el Señor de la mies.
Para el floricultor, es el Lirio de los Valles y la Rosa de Sarón.
Para el juez, es el Juez justo.
Para el jurisconsulto, es el Consejero, el Legislador, el Abogado.
Para el periodista, constituye las Buenas Nuevas de gran gozo.
Para el filántropo, es la Dádiva inefable.
Para el predicador, es la Palabra de Dios.
Para el hombre solitario, es el Amigo más conjunto que hermano.
Para el criado, es el Buen Señor.
Para el cansado, es el Consolador.
Para el enlutado, es la Resurrección y la Vida.
Para el pecador, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Para el cristiano, es el Hijo de Dios viviente, el Salvador, el Redentor y el Señor. . .  
¿Quién es Jesucristo para ti?

La voz.org