lunes, 13 de febrero de 2012

179.1. EL PODER DEL EVANGELIO.

Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. 2 Corintios 4:6.

Mi querido esposo: Este es el último día de reuniones, con excepción de la de despedida de mañana de mañana... Tuve que hablar todas las noches... 

Hay aquí una pareja de escoceses de Indianápolis, de apellido Cooley. El cuñado del hermano Cooley es el hermano Fulton, quien vive en Hutchinson. Cooley vino de Nueva Escocia y era un fiel prebisteriano, y un hombre de recursos. Su esposa abrazó la verdad pero debió enfrentar la gran oposición de su marido, quien tenía sus ideas definidas y no estaba dispuesto a ceder ni en un ápice. Para complacer a su esposa, vino con ella a este congreso anual. Dijo que lo hacía sólo para complacerla, pero que nunca, nunca abandonaría sus convicciones.

Después de hablar en la reunión de recepción del sábado, pedí que los que se sentían pecadores pasaran a los asientos delanteros; él estaba entre ellos. Aproximadamente otros cuarenta pasaron adelante. Fue por la bendición del Señor que las palabras de esa noche lo convencieron tan profundamente que no pudo librarse de ellas. Fue a su carpa y le pidió a su esposa que orara por él. El viejo cedro, alto y firme, comenzaba a ceder.

El domingo por la mañana, antes del desayuno, hablé durante una hora acerca de la misión de la Costa del Pacífico. Nuevamente se sintió profundamente conmovido. El domingo por la noche hablé otra vez con gran libertad. Volvió a su carpa sintiendo profunda convicción, y temblando bajo la más terrible carga que alguna vez hubiera llevado sobre sí. Nuevamente pidió a su esposa, quien se había opuesto en forma tan acerba, que orara por él. Esta mañana leí unas treintas y cinco páginas e hice una apelación profunda y conmovedora al pueblo de Dios en relación con el egoísmo y el sistema del diezmo. El se sintió tocado. Después que terminé de hablar, tuvimos una reunión de la Asociación que se extendió hasta el mediodía.

El hermano Cooley se levantó y habló. Repitió lo que había dicho a su esposa y dijo que se sentía muy triste porque había sido un opositor tan duro y cruel. Tan pronto como terminó de hablar, por primera vez me dirigí a él en forma directa, animándolo a pasar al frente. Finalmente se sentó junto a su buena esposa pidiendo el bautismo. Parece pensar que soy su madre, por su profundo cariño, peculiar de los escoceses, ya que mis palabras lo convencieron de su error y lo llevaron a decidir pertenecer a nuestro pueblo...

Indudablemente el Señor obró en esta reunión... Debo tomar el tren en quince minutos. Pensé que estarías ansioso por tener noticias mías y por eso envío esta carta inconclusa. [Firmado] Tu Elena.—Carta 37, del 29 de junio de 1874, dirigida a Jaime White, quien estaba estableciendo la Pacific Press Publishing Association. (Alza Tus Ojos) EGW


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