domingo, 26 de febrero de 2012

206. “LA OBEDIENCIA ES EL PRECIO”


Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón 
y con toda tu alma y con todas tus fuerzas
 y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 
 Luc. 10:27.

La pregunta que el intérprete de la ley formuló a Cristo era de vital importancia. Los fariseos que lo habían incitado a hacer esta pregunta esperaban que el Señor Jesús la respondiera de tal manera que ellos encontraran algo en contra de Él, algo por lo cual pudieran acusarlo y condenarlo ante el pueblo. El dominio propio de Cristo, la sabiduría y autoridad con la que hablaba era algo que no podían entender.

Cuando el intérprete de la ley formuló esta pregunta, Cristo sabía que la sugerencia provenía de sus más acérrimos enemigos, los que estaban tendiendo una trampa para atraparlo en sus palabras. 
 El Señor Jesús contestó la pregunta colocando la carga sobre el intérprete de la ley, de modo que respondiera su propia pregunta ante la multitud. "¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 
 Aquel, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, Y con toda tu alma, y con toda tus fueras, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás" (Luc. 10: 26-28).

La obediencia a los mandamientos de Dios es el precio de la vida eterna.

Hay una obra muy extensa e importante que cumplir en la humanidad caída. Esta es la verdadera interpretación de la conversión genuina. La ley del Señor es perfecta, que convierte el alma. 
 La respuesta a esta pregunta, según fue dada por el intérprete de la ley, comprende el deber total del hombre que está buscando la vida eterna.

 El doctor de la ley no fue capaz de evadir una pregunta tan directa y significativamente expresada como la que tenía que ver con las condiciones de la vida eterna. Comprendió sus implicancias, y la necesidad de responder a las demandas de la ley con el amor supremo a Dios, y al prójimo como a sí mismo. Sabía que no había hecho ni una cosa ni la otra, y la convicción de su negligencia en obedecer los primeros cuatro mandamientos y los últimos seis, especificados claramente en las palabras de los oráculos santos de Dios, fue grabada por el Espíritu Santo en su corazón. Se vio a sí mismo pesado en la balanza del santuario y hallado falto. No servía a Dios por encima de todo porque no lo había amado por encima de todo, con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas y con toda su mente. Decididamente carente de este requerimiento de la ley de Jehová, fracasó indiscutiblemente en amar a su prójimo como a sí mismo. 

Así, ante la multitud, El mismo presentó en concisas palabras las condiciones del Evangelio para que cada miembro de la familia humana, que está delante de Dios hoy, obtenga la vida eterna. . . 
Estas condiciones son, invariables, sempiternas. . . Es menester sembrar las semillas del Evangelio. De la práctica de la verdad depende la salvación de cada alma humana.
 (Manuscrito 45, del 26 de julio de 1900, 
"¿Qué tiene que ver la paja con el trigo?"). 
Alza tus Ojos de E. G. de White

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