martes, 21 de junio de 2011

11. “LA ELECCIÓN ES NUESTRA”


Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente. Apoc. 22: 17.

La obra de su salvación y la mía depende enteramente de nosotros, porque depende de nosotros el que aceptemos la provisión hecha en nuestro favor. Dios hizo por nosotros todo lo que podía hacerse. Cristo lo compró con su propia sangre. Pagó el precio por su rescate a fin de que pudiese estar unido con Dios y separado del pecado y los pecadores. Cuando se entrega el corazón a Jesús, el Espíritu Santo trabaja en él con poder renovado. Pero a fin de que podamos ser colaboradores con Dios, debe haber de nuestra parte una entrega completa a Dios. Debemos consagramos a El con todas nuestras fuerzas, poniendo en ejercicio cada fibra espiritual y trabajando para Cristo como fieles soldados. . .

La ley del deber a Dios es suprema. Reclama autoridad sobre la razón y la conciencia, sobre los talentos y las posesiones. No admite rival, y ni por un solo momento disminuye sus elevadas demandas. No entra en compromiso con ningún poder terrenal opresivo. En cada acto del deber estamos escondidos en Cristo. Nos extendemos más allá de nosotros mismos, más allá del angosto panorama del egoísmo y la gratificación temporal. La obediencia a Dios coloca al alma en armonía con las más altas leyes del universo. Imparte dignidad y verdadera grandeza a la más humilde ocupación que Cristo puede dirigir. Corona la más baja posición en la vida con los más altos honores, poniendo al hombre en relación con Dios y ligando sus intereses con los planes y propósitos que existen en la mente del Infinito desde la eternidad.

El Señor Jesús pagó el precio por Ud., no para asegurar su mero asentimiento a la verdad, sino para que rinda un servicio de corazón. El desea el homenaje de su alma. Ud. no puede dejar de creer que debe hacer la voluntad de Dios. No puede liberarse de las exigencias del deber más de lo que puede escapar de la presencia de Dios. Sólo al obedecerle conocerá la verdadera felicidad. . .

Le suplico que abra la puerta de su corazón y permita que el Salvador entre. Déle todo su corazón; lo ha comprado. Tenga siempre presente que es Ud. el que debe escoger. Dios no fuerza la voluntad. Lo ha elegido y lleva grabado su nombre en la palma de su mano. ¿No se entregará plenamente a El? El tiempo es corto. No tiene un momento que perder en vacilaciones. La Palabra divina está en sus manos para ser lámpara a sus pies y lumbrera en su camino (Carta 21a, del 11 de enero de 1893, dirigida a N. D. Faulkhead, tesorero de Echo Publishing House, en el tiempo cuando estaba relacionado con sociedades secretas). 24

  
(Alza tus Ojos de E. G. de White)

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