jueves, 9 de junio de 2011

15. “SE MANIFIESTA EL PODER DE DIOS”


LOS HIJOS de Israel pasaron muchos años sirviendo a los egipcios. Sólo unas pocas familias descendieron a Egipto; pero allí se convirtieron en una enorme multitud. Al estar rodeados por la idolatría, muchos perdieron el conocimiento del Dios verdadero y se olvidaron de su ley. Y se unieron a los egipcios en su culto del sol, la luna y las estrellas, y de animales e imágenes, obra de manos de hombres.

Todo lo que rodeaba a los hijos de Israel había sido calculado para que se olvidaran del Dios viviente. Pero había entre los hebreos algunos que conservaron el conocimiento del verdadero Dios, Creador del cielo y de la tierra. Estos se lamentaban de que sus hijos cada día presenciaran las abominaciones de los idólatras que los rodeaban, y aun participaran de ellas para inclinarse ante las deidades egipcias, hechas de madera y de piedra, y ofrecer sacrificios a esos objetos inanimados. Los fíeles se afligían, y en su angustia clamaban al Señor que los rescatara del yugo egipcio, que los sacara de Egipto para que pudieran librarse de la idolatría y de las influencias corruptoras que los rodeaban.

Pero muchos hebreos preferían permanecer en la esclavitud antes que ir a un país nuevo y hacer frente a las dificultades de semejante viaje. Por eso el Señor no los libró mediante el primer despliegue 116 de las señales y maravillas que hizo delante de Faraón. Dirigió más plenamente los acontecimientos para que se desarrollara en su plenitud el carácter tiránico de éste, y para manifestar su gran poder ante los egipcios, como asimismo ante su pueblo, de manera que éste se sintiera ansioso de abandonar Egipto y se decidiera a servir a Dios. 1

Aunque muchos israelitas se habían contaminado con la idolatría, los fieles permanecían firmes. No habían ocultado su fe; por el contrario, reconocían abiertamente ante los egipcios que servían al único Dios verdadero y viviente. Repetían constantemente las evidencias de la existencia de Dios y su poder a partir de la creación. Los egipcios tuvieron oportunidad de conocer la fe de los hebreos y a su Dios. Habían tratado de aplastar a los fieles adoradores del Dios verdadero, y se sentían frustrados porque no lo habían conseguido ni mediante amenazas, ni con promesas de recompensas, ni por medio de un tratamiento cruel.

Los dos últimos reyes que habían ocupado el trono de Egipto habían sido tiranos y habían tratado cruelmente a los hebreos. Los ancianos de Israel intentaron animar la fe desfalleciente de los israelitas recordándoles las promesas hechas a Abrahán y las palabras proféticas de José justamente antes de su fallecimiento, cuando preanunció la liberación de su pueblo de Egipto. Algunos escucharon y creyeron. Otros consideraban su triste condición, y no tenían esperanzas.

El ambiente influyó sobre Israel
Los egipcios se enteraron de las expectativas de liberación de los hijos de Israel, se burlaron de ellos y se referían irónicamente al poder de su Dios. 117 Señalaban la situación de los israelitas, que eran sólo una nación de esclavos, y burlonamente les decían: "Si vuestro Dios es tan misericordioso, y si es más poderoso que los dioses egipcios, ¿por qué no los libra? ¿Por qué no manifiesta su grandeza, y por qué su poder no los exalta?"

Los egipcios entonces llamaban la atención de los israelitas a su propio pueblo, que adoraba dioses de su propia elección, y que según los israelitas eran falsos. Les decían alborozados que sus dioses les daban prosperidad, alimento, ropa y muchas riquezas, y que habían entregado a los israelitas en sus manos para que los sirvieran, y que disponían de poder para oprimirles y aún quitarles la vida, de manera que dejaran de ser un pueblo. Se burlaban de la idea de que los hebreos alguna vez pudieran librarse de su esclavitud.
Faraón se vanagloriaba diciendo que le gustaría ver al Dios de los hebreos librándolos de sus manos. Estas palabras destruyeron las esperanzas de muchos hijos de Israel. Les parecía que era cierto lo que el rey y sus consejeros decían. Sabían que se los estaba tratando como esclavos, y que debían soportar exactamente el grado de opresión que sus capataces quisieran ejercer sobre ellos. Habían perseguido y dado muerte a sus hijos. Sus propias vidas eran una carga pesada, a pesar de que creían en el Dios del cielo y lo adoraban.

Entonces comparaban su condición con la de los egipcios. Estos no creían en absoluto en un Dios viviente capaz de salvar o destruir. Algunos de ellos adoraban ídolos, imágenes de madera y piedra, mientras otros rendían culto al sol, a la luna y a las estrellas; pero prosperaban y eran ricos. Algunos hebreos pensaban que si el Señor era superior a 118 todos los dioses no los dejaría sometidos a la esclavitud en medio de una nación idólatra.

Los fieles siervos de Dios comprendían que el Señor había permitido que fueran a Egipto por causa de su infidelidad como pueblo y a su disposición a casarse con gente de otras naciones, para ser de ese modo arrastrados a la idolatría. Y declaraban firmemente ante sus hermanos que el Altísimo pronto los sacaría de Egipto y que quebrantaría el yugo de opresión.

Llegó el momento cuando el Señor iba a responder las oraciones de su pueblo oprimido, para sacarlo de Egipto con un despliegue tan grande de su poder, que los egipcios se verían obligados a reconocer que el Dios de los hebreos, a quien habían despreciado, era superior a todos los dioses. Los castigaría además por su idolatría y por sus orgullosas baladronadas acerca de las bendiciones que habrían derramado sobre ellos sus dioses inertes. El Señor iba a glorificar su nombre para que otras naciones pudieran oír algo acerca de su poder y temblaran ante lo extraordinario de sus acciones, y para que su pueblo, al presenciar sus obras milagrosas, se apartara definitivamente de la idolatría y le rindiera un culto sin mácula.

Al liberar a Israel de Egipto Dios manifestó plenamente sus misericordias especiales en favor de su pueblo en presencia de todos los egipcios. El Señor consideró adecuado ejecutar sus juicios sobre Faraón para que éste aprendiera por triste experiencia, ya que de otra manera no se convencería, que su poder era superior al de todos los demás. Para que su nombre fuera proclamado por toda la tierra, daría una prueba ejemplar y demostrativa a todas las naciones acerca de su poder divino y su justicia. Era el propósito de Dios que esta exhibición de poder 119 fortaleciera la fe de su pueblo, de modo que su posteridad lo adorara siempre sólo a él, al que había llevado a cabo tantas misericordiosas maravillas en su favor.
Moisés declaró a Faraón, después que éste ordenó que los israelitas hicieran ladrillos sin proporcionarles paja, que el Dios a quien pretendía desconocer lo obligaría a someterse a sus requerimientos y a aceptar su autoridad como gobernante supremo.

Las plagas
Los milagros de la vara que se convirtió en serpiente y del río que se convirtió en sangre no conmovieron el duro corazón de Faraón; por el contrario, sólo lograron que aumentara su odio por los israelitas. Las artimañas de los magos lo indujeron a creer que estos milagros se hacían por arte de magia, pero cuando desapareció la plaga de las ranas tuvo abundante evidencia de que no era así. Dios podría haberlas hecho desaparecer convirtiéndolas en polvo en un instante, pero no lo hizo para que después que desaparecieran el rey y los egipcios no dijeran que había sido obra de magia como la que sus magos podían llevar a cabo.

Las ranas murieron y tuvieron que juntarlas en montones. Podían ver sus cuerpos muertos y verificar que contaminaban la atmósfera. En este caso el rey y todo Egipto tuvieron evidencias que su vana filosofía no pudo disipar, en el sentido de que esta obra no era fruto de la magia, sino un juicio del Dios del cielo.
Los magos no pudieron producir piojos. El Señor no permitió ni siquiera que lograran una apariencia, para su propia vista y la de los egipcios, de que podían producir la plaga de piojos. Quería que Faraón 120 no tuviera la menor excusa para justificar su incredulidad. Obligó incluso a los magos mismos a declarar: "Dedo de Dios es éste".

La siguiente plaga fue un enjambre de moscas. No se trataba de esas moscas inofensivas que suelen molestarnos en algunas épocas del año, pues las que descendieron sobre Egipto eran grandes y venenosas. Sus picaduras eran muy dolorosas tanto para los hombres como para los animales. Dios separo a su pueblo de los egipcios y no permitió que las moscas aparecieran por su territorio.

El Señor envió entonces una plaga dañina sobre el ganado, y al mismo tiempo preservó los animales de los hebreos para que ninguno de ellos muriera. A continuación vino una plaga de úlceras sobre hombres y animales, y ni siquiera los magos pudieron librarse de ella. Envió después sobre Egipto una plaga de granizo mezclado con fuego, relámpagos y truenos. Las plagas eran anunciadas de antemano para que nadie pudiera decir qué habían producido por casualidad. El Señor demostró a los egipcios que toda la tierra estaba a las órdenes del Dios de los hebreos: que el trueno, el granizo y la tormenta obedecían su voz. Faraón, el orgulloso rey que preguntó en cierta ocasión, "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz?" se humilló y dijo: "He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos". Suplicó a Moisés que intercediera ante Dios por él, para que cesaran los terribles truenos y relámpagos.

El Señor envió a continuación una terrible plaga de langostas. El rey decidió que cayeran las plagas en vez de someterse a Dios. Sin remordimiento vio que su reino se abatía bajo él milagro de estos tremendos juicios. Dios envió entonces tinieblas sobre Egipto. La gente no sólo carecía de luz; la 121 atmósfera, además, estaba enrarecida, de manera que resultaba difícil respirar, pero los hebreos gozaban de una atmósfera límpida y de luz en todas sus moradas.

Dios envió otra terrible plaga sobre Egipto, más tremenda que todas las anteriores. El rey y sus sacerdotes idólatras se oponían al último requerimiento de Moisés. Quería que se permitiera a los hebreos salir de Egipto. Moisés describió a Faraón y al pueblo de Egipto, como asimismo a los israelitas, la naturaleza y el efecto de la última plaga. Esa noche, tan terrible para los egipcios y tan gloriosa para el pueblo de Dios, se instituyó el solemne rito de la pascua.

Era sumamente duro para el rey egipcio y para su pueblo orgulloso e idólatra someterse a los requerimientos del Dios del cielo. El rey de Egipto se demoró muchísimo en ceder. Cuando se veía sumamente afligido cedía un poco; pero cuando la aflicción desaparecía trataba de negar todo lo que había prometido. Así cayeron sobre Egipto una plaga tras otra, y él cedía sólo lo que se veía obligado a ceder por causa de las terribles manifestaciones de la ira de Dios. Persistió en su rebelión incluso cuando la nación egipcia se hallaba en ruinas.

Moisés y Aarón describieron a Faraón la naturaleza de cada plaga que sobrevendría si no quería dejar salir a Israel. Cada vez esas plagas sobrevinieron exactamente como se las había predicho; no obstante, el rey no quiso ceder. Al principio sólo quería darles permiso para ofrecer sacrificios a Dios en la tierra de Egipto. Después, cuando la nación había sufrido ya bastante la ira de Dios, quería dejar salir sólo a los hombres. A continuación, cuando la nación egipcia estaba prácticamente destruida por la plaga de langostas, permitió que salieran también 122 los niños y las esposas, pero no quería dejar salir al ganado. Entonces Moisés le dijo que el ángel de Dios quitaría la vida de su primogénito.

Cada plaga se acercaba más a él y era más dura, y ésta iba a ser más terrible que todas las otras. Pero el orgulloso rey estaba furioso y no quiso humillarse. Y cuando los egipcios vieron los grandes preparativas que estaban haciendo los israelitas para esa noche portentosa, se burlaron de la marca de sangre que vieron en sus puertas. 123


(La Historia de la Redención de E.G.de White)

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