jueves, 9 de junio de 2011

12. "JACOB Y ESAÚ "


DIOS conoce el fin desde el principio. Sabía, antes que Jacob y Esaú nacieran, qué clase de carácter iba a desarrollar cada uno. Sabía que Esaú no tendría un corazón inclinado a obedecerle. Contestó la ansiosa oración de Rebeca y le informó que tendría dos hijos, y que el mayor serviría al menor. Le presentó la historia futura de sus hijos, y le dijo que serían dos naciones, una mayor que la otra, y que el mayor serviría al menor. El primogénito disponía de ciertas ventajas especiales y privilegios particulares que no le correspondían a ningún otro miembro de la familia.

Isaac amaba a Esaú más que a Jacob porque éste le traía carne de los animales que cazaba. Le gustaba su carácter audaz y valeroso, que se manifestaba en su tendencia a cazar animales salvajes. Jacob, en cambio, era el hijo favorito de la madre, porque era de disposición bondadosa, lo que la hacía muy feliz. Había aprendido lo que su madre le enseñó, es a saber, que el mayor serviría al menor, y en su razonamiento juvenil llegó a la conclusión de que esta promesa no se podría cumplir mientras Esaú dispusiera de los privilegios que se conferían a los primogénitos. De modo que cuando éste llegó una vez del campo agotado y con hambre, aprovechó la oportunidad para obtener ventajas de la necesidad 90 de su hermano, y le propuso darle un guiso si estaba dispuesto a renunciar a toda pretensión a su primogenitura, y Esaú se la vendió a Jacob.

Aquél se casó con dos mujeres idólatras lo que causó gran pena a Isaac y Rebeca. A pesar de ello, el patriarca amaba a Esaú más que a Jacob, y cuando creyó que estaba por morir, le pidió que le preparara una comida para poder bendecirlo antes de morir. Esaú no le dijo a su padre que había vendido su primogenitura a Jacob, y que había confirmado la venta con un juramento. Rebeca escuchó las palabras de Isaac y se acordó de lo que había dicho el Señor: "El mayor servirá al menor", y se dio cuenta de que Esaú había tomado con liviandad el asunto de la primogenitura puesto que se la había vendido a Jacob. Convenció a éste de que había que engañar a su padre para recibir su bendición fraudulentamente, porque creía que no se la podría obtener de otra manera. Al principio el joven no estuvo dispuesto a llevar a cabo este engaño, pero finalmente consintió en realizar el plan de su madre.

Rebeca estaba al tanto de que Isaac prefería a Esaú, y se satisfizo con la idea de que la persuasión no lo haría cambiar de propósito. En lugar de confiar en Dios, en cuyas manos están todos los acontecimientos de la vida, manifestó su falta de fe al convencer a Jacob de que había que engañar a su padre. La conducta del joven en este asunto no recibió la aprobación de Dios. Rebeca y Jacob debieran haber esperado que el Señor llevara a cabo sus propósitos a su manera y a su tiempo, en lugar de tratar de cumplir la profecía valiéndose de una mentira.

Si Esaú hubiera recibido la bendición de su padre, la que se confería a los primogénitos, su prosperidad sólo podría haber provenido de Dios, y él lo 91 hubiera bendecido con prosperidad, o hubiera traído adversidad sobre él, de acuerdo con su conducta. Si hubiera amado y reverenciado a Dios, como lo hacía el justo Abel, el Señor lo hubiera aceptado y bendecido. Pero si como Caín no hubiera tenido respeto por Dios ni por sus mandamientos, sino que hubiera seguido su propia conducta corrompida, no habría recibido ninguna bendición de Dios, sino que habría sido rechazado por él, como Caín. Si la conducta de Jacob hubiera sido justa, si hubiera estado dispuesto a amar y temer a Dios, habría sido bendecido por el Señor y la mano prosperadora de Dios habría sido con él, aunque no hubiera recibido las bendiciones y los privilegios generalmente concedidos a los primogénitos.

Los años de exilio de Jacob
Rebeca se arrepintió amargamente por el mal consejo que dio a Jacob, porque gracias a eso tuvo que separarse de su hijo para siempre. Este se vio obligado a huir para salvar la vida de la ira de Esaú, y ella nunca más lo volvió a ver. Isaac vivió muchos años después de bendecir a Jacob, y se convenció, por la conducta de Esaú y Jacob, que la bendición realmente le correspondía a este último.

Este no se sentía feliz con sus casamientos, aunque sus esposas eran hermanas. Formalizó un contrato matrimonial con Labán teniendo en vista a su hija Raquel, a quien amaba. Después de servir siete años por ésta, Labán lo engañó y le dio en cambio a Lea. Cuando se dio cuenta de que lo habían engañado, y que Lea había desempeñado su parte en la estafa, no la pudo amar. Su tío quería conservar los fieles servicios de Jacob por un tiempo más prolongado, y por eso lo engañó dándole a Lea en lugar 92 de Raquel. Jacob reprendió a Labán por tratar con tanta liviandad sus afectos al darle a Lea, a quien no amaba. El padre rogó a Jacob que no la repudiara, pues en ese tiempo esto se consideraba una tremenda desgracia, no sólo para la esposa sino para toda la familia. Jacob se vio en una situación muy difícil, pero decidió finalmente conservar a Lea y casarse también con su hermana. Aquélla recibió mucho menos amor que Raquel, por supuesto.

Labán fue egoísta en su trato con Jacob. En lo único que pensó fue en sacar ventajas de las fieles labores de su sobrino. Este podría haberse apartado mucho antes del artero Labán, pero temía encontrarse con Esaú. Escuchó las quejas de los hijos de aquél, que decían: "Jacob ha tomado todo lo que era de nuestro padre, y de lo que era de nuestro padre ha adquirido toda esta riqueza. Miraba también Jacob el semblante de Labán, y veía que no era para con él como había sido antes".

Estaba angustiado; no sabía qué camino tomar. Llevó su caso al Señor y le suplicó que lo dirigiera. El Altísimo respondió misericordiosamente su angustiada oración. "Vuélvete a la tierra de tus padres, y a tu parentela, que yo estaré contigo.

"Envió, pues, y llamó a Raquel y a Lea al campo donde estaban sus ovejas, y les dijo: Veo que el semblante de vuestro padre no es para conmigo como era antes; mas el Dios de mi padre ha estado conmigo. Vosotras sabéis que con todas mis fuerzas he servido a vuestro padre; y vuestro padre me ha engañado y me ha cambiado el salario diez veces; pero Dios no le ha permitido que me hiciese mal". Jacob les contó el sueño que le había dado Dios, en el cual le dijo que abandonara a Labán y regresara a casa de sus parientes. Raquel y Lea también expresaron su insatisfacción por los procedimientos de 93 su padre. "¿Tenemos acaso parte o heredad en la casa de nuestro padre? ¿No nos tiene ya como por extrañas, pues que nos vendió, y aun se ha comido del todo nuestro precio? Porque toda la riqueza que Dios ha quitado a nuestro padre, nuestra es y de nuestros hijos; ahora, pues, haz todo lo que Dios te ha dicho".

El regreso a Canaán
En ausencia de Labán, Jacob tomó su familia y todo lo que tenía y partió. Cuando ya se encontraba a tres días de camino, Labán se enteró de que se había ido, y se enojó mucho. Lo persiguió decidido a traerlo de vuelta a la fuerza. Pero el Señor se compadeció de Jacob, y cuando Labán ya estaba por alcanzarlo, le dio un sueño a éste en el cual le dijo que no le hiciera nada a Jacob, es decir, no debía obligarlo a volver ni instarlo a hacerlo mediante declaraciones lisonjeras. Cuando Labán se encontró con Jacob le preguntó por qué se había ido sin avisar llevándose a sus hijas como si fueran prisioneras de guerra. Labán le dijo: "Poder hay en mi mano para haceros mal; mas el Dios de tu padre me habló anoche diciendo: guárdate que no hables a Jacob descomedidamente".

Entonces éste detalló a Labán la conducta egoísta que había tenido hacia él, puesto que sólo había tomado en cuenta su propio beneficio. Llamó la atención de su tío a la rectitud de su conducta mientras estuvo con él y le dijo: "Nunca te traje lo arrebatado por las fieras: yo pagaba el daño; lo hurtado así de día como de noche a mí me lo cobrabas. De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos. Así he estado veinte años en tu casa; catorce años te serví por tus dos hijas, y seis años por tu ganado, y 94 has cambiado mi salario diez veces. Si el Dios de mi padre, Dios de Abraham y temor de Isaac, no estuviera conmigo, de cierto me enviarías ahora con las manos vacías; pero Dios vio mi aflicción y el trabajo de mis manos, y te reprendió anoche".

Entonces Labán aseguró a Jacob que tenía interés en sus hijas y en sus nietos, y que no les haría ningún mal. Propuso que formalizaran un pacto. En ese momento dijo Labán: "Ven, pues, ahora y hagamos pacto tú y yo, y sea por testimonio entre tú y yo. Entonces Jacob tomó una piedra, y la levantó por señal. Y dijo Jacob a sus hermanos: Recoged piedras. Y tomaron piedras e hicieron un majano, y comieron allí sobre aquel majano".

Y Labán dijo: "Atalaye Jehová entre tú y yo, cuando nos apartemos el uno del otro. Si afligieres a mis hijas, o si tomares otras mujeres además de mis hijas nadie está con nosotros; mira, Dios es testigo entre nosotros dos".

Jacob hizo un solemne pacto delante del Señor en el sentido de que no tomaría otras esposas. "Dijo más Labán a Jacob: He aquí este majano y he aquí esta señal que he erigido entre tú y yo. Testigo sea este majano, testigo sea esta señal, que ni yo pasaré de este majano contra ti ni tú pasarás de este majano y de esta señal contra mí, para mal. El Dios de Abraham y el Dios de Nacor juzgue entre nosotros, el Dios de sus padres. Y Jacob juró por aquel a quien temía Isaac su padre".

Cuando prosiguió su camino, ángeles le salieron al encuentro. Y cuando los vio, dijo: "Campamento de Dios es éste". Vio a los ángeles de Dios en un sueño acampados en torno del de él. Entonces envió un humilde y conciliador mensaje a su hermano Esaú: "Y los mensajeros volvieron a Jacob, diciendo: Vinimos a tu hermano Esaú, y él también viene a 95 recibirte, y cuatrocientos hombres con él. Entonces Jacob tuvo gran temor, y se angustió; y distribuyó el pueblo que tenía consigo, y las ovejas y las vacas y los camellos, en dos campamentos. Y dijo: Si viene Esaú contra un campamento y lo ataca, el otro campamento escapará.

"Y dijo Jacob: Dios de mi padre Abraham, y Dios de mi padre Isaac, Jehová, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y yo te haré bien; menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; pues con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos. Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo; no venga acaso y me hiera la madre con los hijos. Y tú has dicho: Yo te daré bien, y tu descendencia será como la arena del mar, que no se puede contar por la multitud". 96


(La Historia de la Redención de E.G.de White)

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