viernes, 10 de junio de 2011

33. “EL SANAMIENTO DEL PARALÍTICO”


POCO después del derramamiento del Espíritu Santo, e inmediatamente después de un período de ferviente oración, Pedro y Juan habían ido al templo para rendir culto a Dios, y vieron a un paralítico pobre y angustiado, de cuarenta años de edad, que no había conocido otra cosa en la vida que el dolor y la enfermedad. Este infortunado había deseado por mucho tiempo ir a Jesús pura recibir sanidad, pero estaba desamparado y vivía muy lejos del escenario de las labores del gran Médico. Finalmente sus fervorosos ruegos indujeron a algunas personas bondadosas a llevarlo a la puerta del templo. Pero al llegar allí descubrió que el Sanador, en quien se habían concentrado sus esperanzas, había sido entregado a una cruel muerte.

Su desilusión provocó la piedad de los que sabían por cuánto tiempo había esperado con ansias ser sanado por Jesús, de manera que lo traían cada día al templo para que los que por allí pasaban pudieran darle una limosna que aliviara en algo sus actuales necesidades. Cuando Pedro y Juan pasaron por allí, les pidió que tuvieran caridad con él. Los discípulos lo contemplaron con compasión. "Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos... No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda". 259

El rostro del pobre hombre se demudó cuando oyó decir a Pedro que también era pobre, pero resplandeció con fe y esperanza cuando el discípulo terminó su sentencia. "Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido".

Los judíos se asombraron de que los discípulos pudieran llevar a cabo milagros semejantes a los de Jesús. Suponían que estaba muerto, y esperaban que en ese casó todas esas maravillosas manifestaciones habrían cesado con él. No obstante aquí estaba ese hombre que había permanecido desamparado y paralítico durante cuarenta años, en pleno uso de sus miembros, libre de todo dolor, y feliz en su fe en Jesús.

Los apóstoles vieron el asombro de la gente, y preguntaron por qué se asombraban del milagro que habían presenciado, y los contemplaban con espanto como si lo hubieran llevado a cabo por su propio poder. Pedro les aseguró que lo habían hecho por los méritos de Jesús de Nazaret, a quien ellos habían rechazado y crucificado, pero a quien Dios había levantado de entre los muertos al tercer día. "Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre, y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros. Más ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido 260 así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que Jesucristo había de padecer".

Después de este milagro la gente se reunió en el templo, y Pedro le dirigió la palabra en una parte del recinto sagrado, mientras Juan le hablaba en otra. Los apóstoles, después de manifestarles con claridad el gran crimen de los judíos al rechazar y dar muerte al Príncipe de la vida, tuvieron cuidado de no conducirlos a la ira o a la desesperación. Pedro estaba dispuesto a aminorar al máximo la atrocidad de su culpa presumiendo que la cometieron por ignorancia. Les dijo que el Espíritu Santo los invitaba a arrepentirse de sus pecados y a convertirse; que no había esperanza para ellos aparte de la misericordia de ese Cristo a quien habían crucificado; sus pecados podían ser cancelados por su sangre solamente por fe en él.

Detención y juicio de los apóstoles
La predicación de la resurrección de Cristo y que por medio de su muerte y resurrección finalmente todos los muertos saldrían de sus tumbas, conmovió profundamente a los saduceos. Creyeron que su doctrina favorita estaba en peligro y que su reputación había sido puesta en tela de juicio. Algunos de los funcionarios del templo y el capitán de la guardia de ese recinto eran saduceos. El capitán, con la ayuda de algunos saduceos, detuvo a los dos apóstoles y los puso en la cárcel puesto que era demasiado tarde para que sus casos fueran considerados esa noche.

Al día siguiente Anás y Caifás, con otros dignatarios del templo, se reunieron para juzgar a los prisioneros, que les fueron traídos a su presencia. En esa misma estancia, y en presencia de esos 261 mismos hombres, Pedro había negado vergonzosamente a su Señor. Todo ello apareció nítidamente en su memoria mientras el discípulo comparecía para hacer frente a su propio juicio. Ahora tenía la oportunidad de redimir la malvada cobardía de entonces.

El grupo que se hallaba allí presente recordó la parte que había desempeñado Pedro en el juicio de su Maestro, y se alegró con el pensamiento de que podrían intimidarlo con amenazas de prisión y muerte. Pero el hombre que había negado a Cristo en la hora de su mayor necesidad era el discípulo impulsivo y confiado en sí mismo, muy distinto del Pedro que se encontraba ahora frente al Sanedrín para ser examinado ese día. Se había convertido; desconfiaba de sí mismo y ya no era más el orgulloso fanfarrón de otrora. Estaba lleno del Espíritu Santo y por medio de su poder había llegado a ser firme como una roca, valiente aunque modesto al magnificar a Cristo. Estaba listo para hacer desaparecer la mancha de su apostasía al honrar el nombre que una vez había negado.

La osada defensa de Pedro
Hasta ese momento los sacerdotes habían evitado mencionar la crucifixión o la resurrección de Jesús; pero ahora, para cumplir su propósito, se vieron obligados a interrogar al acusado acerca del poder mediante el cual habían llevado a cabo la notable curación del paralítico. Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, dirigiéndose respetuosamente a los sacerdotes y ancianos, declaró lo siguiente: "Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó 262 de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos".

Las palabras de Pedro tenían el sello de Cristo, y su rostro estaba iluminado por el Espíritu Santo. Muy cerca de él, como testigo viviente, se hallaba el hombre que había sido milagrosamente curado. El aspecto de ese hombre, que sólo pocas horas antes era un desamparado paralítico, pero que ahora había sido restaurado a la plena sanidad de su cuerpo, y había sido iluminado con respecto a Jesús de Nazaret, le añadía peso al testimonio de las palabras de Pedro. Los sacerdotes, los gobernantes y el pueblo guardaron silencio. Los gobernantes no tenían poder para refutar esa declaración. Se vieron obligados a escuchar lo que menos querían oír, es a saber, el hecho de la resurrección de Jesucristo y su poder de llevar a cabo milagros desde el cielo por medio de sus apóstoles en la tierra.

La defensa de Pedro, que reconoció valerosamente de dónde procedía el poder que había obtenido, los dejó abrumados. Se había referido a la piedra desechada por los edificadores, una alusión directa a las autoridades de la iglesia que debieran haber percibido el valor de Aquel a quien rechazaron, no obstante lo cual había llegado a ser cabeza del ángulo. Con estas palabras se refirió directamente a Cristo, la piedra fundamental de la iglesia.

La gente estaba asombrada de la valentía de los discípulos. Suponían, puesto que eran ignorantes pescadores, que podían ser aplastados y confundidos al comparecer ante los sacerdotes, escribas y ancianos. Pero tomaron nota de que habían estado 263 con Jesús. Los apóstoles hablaron como él lo hubiera hecho, con un poder convincente que sometió al silencio a sus adversarios. Para ocultar su perplejidad los sacerdotes y gobernantes ordenaron que los apóstoles salieran de la habitación, para discutir juntos el asunto.

Todos estuvieron de acuerdo en que era inútil negar que el hombre había sido sanado mediante el poder que recibieron los apóstoles en el nombre de Jesús, el crucificado. De buena gana hubieran tratado de cubrir el milagro mediante falsedades; pero esta obra fue hecha a plena luz del día y en presencia de una multitud, y ya había llegado al conocimiento de miles. Llegaron a la conclusión de que había que detener esa obra inmediatamente, pues en caso contrario Jesús lograría muchos creyentes, a lo que seguiría su propia desgracia, y serían culpables del asesinato del Hijo de Dios.

A pesar de su disposición a destruir a los discípulos, no se atrevieron a hacer nada más grave que amenazarlos con los más tremendos castigos si seguían enseñando o haciendo obras en el nombre de Jesús. A lo que Pedro y Juan declararon osadamente que su obra les había sido confiada por Dios, y que no podían hacer otra cosa que hablar de lo que habían visto y oído. De buena gana los sacerdotes hubieran castigado a estos nobles hombres por su inquebrantable fidelidad a su sagrada vocación, pero temían al pueblo, "porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho". De modo que después de repetir sus amenazas y prohibiciones, dejaron a los apóstoles en libertad. 264


(La Historia de la Redención de E.G.de White)

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