lunes, 11 de julio de 2011

108. “CRISTO AMA AL PECADOR”


Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo 
os he amado, que también os améis unos a otros. San Juan 13:34.

Hay algunos que albergan un espíritu de envidia y de odio contra sus hermanos y a eso lo llaman Espíritu de Dios. Hay quienes van de un lado a otro llevando chismes, acusando y condenando, ennegreciendo el carácter y alentando la malicia en los corazones. Llevan informes falsos a las puertas de sus vecinos y éstos, al escuchar la calumnia, pierden el Espíritu de Dios. Ni siquiera se salva el mensajero de Dios, que lleva la verdad al pueblo. . . 

Este pecado es peor que el de Acán. Su influencia no queda restringida a aquellos que lo albergan. 
 Es una raíz de amargura, por la cual muchos son contaminados. Dios no puede bendecir a la iglesia hasta que se vea libre de este mal que corrompe las mentes, los espíritus y las almas de los que no se arrepienten y cambian su conducta.

El que sea renovado de acuerdo con el Espíritu de Cristo amará no solamente a Dios; amará también a sus hermanos. A los que cometen errores hay que tratarlos en armonía con las directivas dadas en la Palabra de Dios. "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado" (Gál. 6:1). 

Debe reprobarse el mal en forma clara y fiel, pero el que realiza esta obra debe primero estar seguro de que él mismo no está separado de Cristo por malas obras. Debe estar en condiciones de restaurar al que ha errado, con espíritu de mansedumbre. A menos que pueda hacerlo, no debiera intentar corregir o reprobar a sus hermanos, porque originará dos males en lugar de subsanar uno. 

Sean cuidadosos los hombres acerca de cómo tratan a los que han sido comprados con la sangre de Cristo. No olviden la oración que ofreció el Salvador justamente antes de dejar a sus discípulos en aquella larga lucha en el jardín de Getsemaní. No olviden el alto valor que Cristo adjudicó a los seres humanos al adquirirlos al precio de su vida. Hay muchos que parecen estar dispuestos a herir y lastimar los corazones de sus hermanos.  
¿Están siguiendo el ejemplo que Cristo les dejó? ¿Dónde se encuentra, en el registro del trato de Cristo con los hombres, el respaldo para mostrar tan poca longanimidad y paciencia con sus hermanos?. . . Lo que distingue a los cristianos de los mundanos es la manifestación de la semejanza a Cristo, la que mediante su influencia pura, limpia el corazón del egoísmo.
 (Manuscrito 52, del 18 de abril de 1902, "Fragmentos"). 121 
(Alza tus Ojos de E. G. de White)

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