domingo, 3 de julio de 2011

41. “SEA HOMBRE”


Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos. 
 1 Cor. 16: 13.

Usted podría hacer una obra mucho más grande y mucho más eficiente si cultivara una tranquila confianza en Dios y no estuviera ansioso, preocupado y perturbado, como si Jesús estuviera en el sepulcro y Ud. no tuviera Salvador. 
 El resucitó... ascendió a los cielos y es su Abogado delante del trono de Dios. . .

Los discípulos de Cristo no deben asombrarse si son llamados a participar de los sufrimientos de Cristo. ¿Cómo puede mirar El a aquellos por quienes hizo tanto, por quienes pagó un precio tan infinito y que sin embargo no han apreciado nunca su gran don por ellos? La obra de los representantes de Cristo debe ser similar a la de su Redentor. No deben contemplarse a sí mismos ni confiar en el yo. No deben hacer una evaluación demasiado alta de sus propios esfuerzos, pues cuando vean que otros no consideran sus labores de tanto valor como ellos mismos las estiman, llegan a sentir que no vale la pena seguir trabajando. Pero ésta es la obra del enemigo. No vivimos para los hombres sino para Dios. El considera nuestra obra en su verdadero valor. Aprecia la nobleza de carácter, y sea que los hombres la aprecien o no, ella continúa viviendo después que el hombre ha desaparecido. Cuando ya el ser humano no tiene nada que hacer con cosa alguna debajo del sol, el ejemplo que dejó, las palabras de oro que pronunció, continúan viviendo por toda la eternidad. Esta influencia que correspondió al modelo divino nunca muere. Su vida se conectó con Dios.

Todos ejercemos una influencia personal, y nuestras palabras y acciones dejan una impresión indeleble. Es nuestro deber vivir, no para el yo, sino para el bien de otros; no para ser manejados por nuestros sentimientos, sino para tener en cuenta que nuestra influencia es un poder para el bien o para el mal. Dios quiere que sus obreros sean lo que David encomendó a Salomón que fuera: "Sé hombre".

A Dios no le complace que alguno de sus representantes se preocupe, se canse y se agote al punto de no poder esparcir ya la dulce fragancia del cielo en su vida. No tenemos sino una vida para vivir. Jesús vino a nuestro mundo para enseñarnos a vivir esa vida a fin de que podamos representar el carácter del Cielo. Nunca debiéramos ser pusilánimes, porque ello será perjudicial para nosotros mismos y para aquellos que estén al alcance de nuestra influencia, Dios requiere que nos comportemos con dignidad en las pruebas y en las tentaciones. El Varón de dolores, experimentado en quebranto, está ante nosotros como nuestro ejemplo. "Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono" (Apoc. 3: 21).
(Carta 7. del 10 de febrero de 1885, dirigida a Daniel T. Bourdeau, una de nuestros primeros misioneros en Europa). 54 

(Alza tus Ojos de E. G. de White)

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